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La manigua de Laura: Cielo y Selva en su casa

Cuando Laura estaba en Caquetá, en una misión de la organización humanitaria para la que trabajaba, salió a la selva. Rodeada de calor, humedad y árboles, sentía cómo, en cada paso, los sonidos de pájaros, hojas y vegetación se mezclaban con su voz y la de sus compañeros. Hasta que “caminando por un montecito escuché un maullido”, cuenta Laura, quien, cuando volteó la cabeza para buscar de dónde venía el sonido agudo, encontró un gatito diminuto e indefenso.

Las pocas personas que estaban alrededor le explicaron que al gato lo habían botado esa misma mañana, o el día anterior, y que, si ella no se lo llevaba, el gatito se moría. “De aquí a la noche no aguanta. Lléveselo o se muere”, le sentenciaron.

Momentos después del maullido

¡Cómo iba a dejarlo ahí! “Le hice caritas al conductor y le dije ‘ay, por favor, déjame llevármelo’, y me lo llevé al veterinario para verificar que estuviera bien y ponerlo después en adopción”, dice Laura.

Después de una revisión que arrojó que en realidad era una hembra, la gata pasó varios días recuperándose en la casa de Laura, mientras aparecía alguien que la adoptara y la quisiera para toda la vida. “Publiqué sus fotos en redes sociales. Al otro día se me durmió en el cuello. Ahí no pude resistirme. Me quedé con ella”, cuenta. Desde entonces se llama Selva, haciéndole un poco de honor al lugar en el que se conocieron, ese espacio generoso que le perdonó la vida.

El Cielo que devolvió el aire

Cuando llegó la pandemia y casi todos estuvimos trabajando permanentemente en casa, Selva y Laura se convirtieron en compañeras inseparables, lo que hizo que, ante la llegada de la normalidad y las jornadas de trabajo presenciales, la separación fuera cada vez más difícil.

“Cuando volvía a casa, Selva me buscaba de forma muy frenética, como si me extrañara durante el día. Se veía estresada de estar sola”, narra Laura, quien a raíz de esas separaciones momentáneas decidió adoptar otro gato para que se hicieran compañía mientras ella no estuviera.

“A Cielo la encontré en una fundación. Yo quería un gato adulto, porque son los que menos se adoptan”, recuerda Laura, y cuenta que recibió fotos de ella, deduciendo con facilidad que había tenido una vida muy dura. Había durado dos años en la calle, tuvo bebés, pasó por cosas muy difíciles hasta que alguien la encontró en una terraza, sola y con una camada de cinco gatitos.

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Cuando se la entregaron, a Laura le dijeron que Cielo tenía gripa. Con el compromiso adquirido de cambiar su vida, Cielo fue llevada a una veterinaria para una revisión que reveló una neumonía grave. “Supe que, si la hubiera dejado en el refugio, se hubiera muerto. Estaba en una condición respiratoria muy difícil. Una noche estuvo incluso a punto de morirse”, narra. Después de un tiempo hospitalizada, a Cielo la dieron de alta.

En el apartamento de Laura está creándose una manigua, como ella sueña. Ya tiene la Selva, tiene el Cielo y le falta el Río. Algún día, con menos responsabilidades, y más posibilidades, fluirá con tranquilidad, en forma de perro, y la seguirá acompañando como ahora la acompañan sus dos gatas milagrosas. Algún día.

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