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Minerva, la gata negra mágica

En una de las casas de Hogwarts, la escuela a la que asistía Harry Potter, había una profesora decidida y con carácter llamada Minerva McGonagall, una bruja escocesa de sangre mestiza, jefa de la casa Gryffindor y una de las trabajadoras más incansables del director de la escuela, Albus Dumbledore.

Un nombre tan brujil como Minerva no podía ser menos propicio para una gata negra, como la de Elizabeth Betancur, una ilustradora digital que, entre muchas cosas, se gana la vida retratando mascotas ajenas, mostrando a través del trazo la personalidad y belleza de cada animal que dibuja. Minerva McGonagall, uno de sus personajes favoritos de Harry Potter, le da nombre a Minerva Betancur, la gatita que hace seis años, sin mayor dificultad, supo robarse su corazón.

Minerva. Foto: Elizabeth Betancur

“Es la gata perfecta para vos: negra, divina, la gata de tus sueños”, le dijo una de sus amigas a Elizabeth cuando le habló de Minerva por primera vez, cuando todavía no sabía ni siquiera que iba a llamarse Minerva. Después de la búsqueda fallida de adoptar el gato de una camada que había nacido en un tejado, Elizabeth recibió a Minerva siguiendo la instrucción de su mamá, quien, cómplice, le había dicho que la gata debía llegar como un regalo de alguien más; “como si fuera sorpresa, para que su papá no pueda decir que no”. La otra condición que también le había puesto era que podía adoptar cualquier gato, “pero que no vaya a ser negro, porque su papá es muy supersticioso”. ¡Ups!

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Rescatada cerca a la Iguaná, a Minerva la encontraron dormida en la llanta de un bus, buscando calor. La persona que la encontró identificó en Minerva una necesidad especial de atención que no tenía, y al no poder quedarse con ella, se la ofreció a Elizabeth, quien no se negó, y seis años después sigue teniéndola como su compañía incondicional. “Cuando llegué por ella, se vino detrás de mí y desde ese momento estamos juntas”, cuenta Elizabeth de su gata gótica, como le dice con cariño.

Ninguna superstición fue suficiente. La gata Minerva, como el amuleto más poderoso, es el ser vivo más querido en la familia; incluso por el papá, primer opositor de la idea de adoptar a un gato, y quien ahora es su consentidor principal.

Piertotum locomotor!

Desde la llegada de Minerva a casa, todos, como víctimas de un hechizo, le han dado vida a su lado más tierno. Le hablan, la consienten y la acompañan a comer, como a ella le gusta, pues, si no hay nadie cerca, busca por toda la casa a quien esté disponible para estar con ella en ese momento. Claro que, si el plato no está lleno del todo, no come: “¿crees que me voy a comer esas sobras?”, dice con la mirada, hasta que el plato está lleno de nuevo y comienza a comer gustosa, mientras los demás alrededor la miran, hipnotizados. Cuando se queda sola en casa, come, pero muy poquito: ¿qué gracia hay con eso? ¡El encanto es que la vean!

Minerva y Elizabeth

¿Sororidad o soberbia?

El único hombre que le cae bien a Minerva es el que vive en su casa. Sí, el mismo que no quería gatos negros. El resto de hombres del mundo cuenta con su desaprobación y, si alguno se atreve a acercarse a ella, los ataca y se muestra territorial. Con las mujeres, en cambio, es amable, abierta y tranquila. Es una gata guardiana que espera la llegada de Elizabeth con paciencia junto a la puerta y no se va a dormir al cuarto hasta que no estén juntas.

“Ella sabe que es la reina de la casa”, dice Elizabeth. Cuando algún miembro de su manada regresa, maúlla fuerte, pidiendo premios y reclamando el haberse ido en primer lugar. Es su manera de decir “¿dónde estabas?”, “¿acaso me pediste permiso para salir?”, y todos le responden, dándole explicaciones, sabiendo que, aún cuando la regañan, ella va a responder en un tono más alto, porque “es una gata bastante respondona”, reconoce Elizabeth entre risas.

La manada antes y después de Minerva

Pocas cosas se saben de la vida de Minerva antes del momento en el que la descubrieron durmiendo en la llanta de ese bus. Es posible que no haya tenido días fáciles, pues es una gata esquiva y sólo despliega sus verdaderos encantos con los miembros de su manada, a quienes también acompaña mientras desayunan, pendiente de la caída de algún residuo de ese desayuno, para lamer el piso y dejarlo impecable, haciendo la magia de desaparición de comida sin necesidad de hechizos o varitas mágicas.

La fidelidad es su cualidad más evidente. “Cuando estuve mal emocionalmente y no me paraba de la cama, se me acostaba en el pecho y eso era lo que me despertaba y me hacía parar”, cuenta Elizabeth, quien reconoce que en su familia todos son más felices desde que está Minerva, la gata gótica que desde hace seis años se ganó el corazón de su manada sin necesidad de trucos.

Foto: Elizabeth Betancur

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