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La resistencia de Dante

Hablar de tapabocas, distanciamiento social y toques de queda suena a una época irreal y muy lejana, a pesar de haberla vivido apenas hace cuatro años. En ese momento María José y Miguel llevaban pocos meses de casados, y Miguel, quien nunca había tenido un perro, le propuso a su esposa adoptar uno.

“Yo ya había tenido a Polo, que fue adoptado y al que le dio un tumor en el hocico. Me dio muy duro vivir ese proceso con él, ponerle la eutanasia… Después de eso me dije que no quería más perros”, cuenta María José, quien, navegando un día en redes sociales, se encontró con la historia de Dante, a quien sus dueños habían echado a la calle a causa del rumor que decía que los perros eran portadores del Covid-19 y se lo contagiaban a los humanos. La familia que lo había rescatado tenía en ese momento otros perros y sostenía que no podían quedarse con él; por eso lo entregaban en adopción.

“Me dio mucho pesar y les escribí, diciendo que quería adoptar al perro. Me respondieron pidiéndome un plazo de una semana”, dice María José. Durante ese tiempo, quienes rescataron al perro intentaron convencer a sus dueños de no echarlo a la calle, en vista que, persistente y desorientado, buscaba volver a entrar a su casa y ser aceptado de nuevo. “En las fotos se veía el perro más triste de la historia, debajo de las mesas, en rincones… y entonces cuando pasó una semana volví a escribir”.

Dante. Foto: María José González

El traslado se hizo desde San Javier hasta Envigado, lo que parece sencillo, pero que, en los primeros meses de pandemia, suponía correr el riesgo de recibir una multa. “Conseguimos un taxista que recogió el perro en San Javier y lo llevó hasta La Frontera, en Envigado. Miguel fue hasta allá a recibirlo, porque sólo podía salir una persona por familia y yo los esperé. Ya le habíamos comprado una camita, juguetes, cosas de perro”, dice María José, y agrega que, cuando Dante entró al apartamento, se mostró feliz inmediatamente, como si sintiera que había llegado a una familia que lo amaría mucho.

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Mejores amigos desde antes de conocerse

“Dante era el perro de mi esposo; desde que llegó era con Miguel para arriba y para abajo, porque es él quien lo saca a pasear, quien lo mima, quien le da comida… Obviamente Dante se moría por Miguel; yo era una más en la casa”, cuenta María José, quien, de un momento a otro, comenzó a sentir con alegría cómo el perro se recostaba en su barriga, incluso semanas antes de ella saber que estaba en embarazo. “Pensé que se había vuelto más tierno conmigo, pero cuando nos dimos cuenta, fue lo más tierno; se acostaba como a escuchar a la bebé”.

No fue necesario avisarle ni explicarle nada. La decoración y adaptación del cuarto de Martina sucedió de la manera más natural para Dante. “Cuando llegamos del hospital con la bebé yo tenía susto porque Dante es muy enérgico. Sin embargo, fue súper lindo con ella. Cuando se la presentamos, ahí mismo fue a lamerle los piecitos”. Martina, por su lado, nunca le tuvo miedo: se dejaba lamer de él, quien la buscaba, la acompañaba y la protegía. “Cuando la bebé lloraba, Dante no sabía qué hacer: iba a donde nosotros estuviéramos como queriéndonos decir ‘hagan algo, ¿no ven que está llorando?’, y con el tiempo se fue calmando, en la medida en la que fue entendiendo que los bebés lloran”, añade María José. 

Martina y Dante. Foto: María José González

Un amor para toda la vida

Del latín “durans”, Dante significa perdurable, resistente y perseverante, cualidades que podrían definir a este perro criollo rubio. “Creemos que se llamaba Mono, porque también responde a ese nombre”, precisa María José, quien aún hoy envía fotos y videos a las personas que se lo entregaron en adopción, cumpliendo con su compromiso de enviar reportes periódicos sobre la nueva vida de Dante que, más que tener calidad, está llena de amor.

Hoy, Martina, la bebé humana de la casa, está un poco más grande y camina para abrazarlo. Dante, por su lado, trata de hacerse el difícil, tal vez porque entiende que su reacción puede ser desproporcionada al tamaño de la niña, como si fuera consciente de que con un mal movimiento podría tumbarla.

Dante y Martina. Foto: María José González

La familia Roldán González, a la que llegó Dante, nunca supo su edad exacta, más allá de las conclusiones a las que llegó el médico veterinario cuando lo revisó por primera vez y que arrojaban que el perro tenía aproximadamente un año de edad. En el carné de vacunación pusieron como fecha el 22 de abril, que fue la fecha en la que llegó, y que marca ahora, más que su cumpleaños, el día exacto en el que la vida de la manada cambió para siempre.

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