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¡De no creer! Un dóberman que resultó pinscher

A Marcelo solamente le faltó el moño cuando llegó a la casa de Andrés. Él, que siempre había querido un dobermann, recibió al cachorro con toda la felicidad que le fue posible, pues finalmente su deseo estaba cumplido: la raza de perro que más le había gustado desde niño estaba ahí, frente a sus ojos, y ahora era responsabilidad de la manada que lo recibía con los brazos abiertos.

Las generosas manos que entregaron el regalo fueron las de su novia de esa época, que llegó con él, un cachorro diminuto que había sido, además, el único hijo nacido del parto de la perrita que lo había dado a luz. “Le puse Marcelo porque en ese tiempo estaba de moda el chiste de ‘agachate y conocelo’, y como era tan pequeño, el nombre le quedó apenas”, cuenta Andrés, quien aún hoy, diez años después, sigue siendo el mejor amigo de Marcelo.

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El momento de la verdad

Tuvieron que pasar dos meses para que Andrés se diera cuenta: Marcelo crecía de forma muy lenta, y seguía siendo el mismo perro negrito que había recibido casi tres meses atrás, con pocos centímetros de diferencia al día en el que se lo entregaron. Fue entonces cuando buscó en internet qué tamaño debía tener un dobermann de dos meses, y se encontró que, no solamente debía estar pesando más de diez kilos, sino que la medida estaba bastante lejos de la que tenía Marcelo.

“¡Me habían regalado un pinscher miniatura!”, cuenta Andrés entre risas, y añade que, al enterarse del engaño, le contó de su descubrimiento a su entonces novia, quien se defendió diciendo que, a pesar de todo, Marcelo seguía “siendo un dobermann, pero un dobermann chiquito”.

La manada estaba bastante enamorada; su único temor, al conocer la verdadera raza de Marcelo, era que se convirtiera en un perro escandaloso. Sin embargo, la forma en la que lo educaron hizo que creciera siendo un animal sociable y cariñoso, y que, lejos de ser imponente como un dobermann, “es demasiado pequeño; me da miedo de que lo lastimen”, dice Andrés. 

Marcelo, el dobermann bonsai, como le dice Andrés de cariño, comparte ahora con un gran danés que llegó a la manada hace muy poco tiempo y que, aunque es su hermano menor, lo sobrepasa en medidas. “Se la llevan bien, pero no pueden jugar por esa misma diferencia de tamaño”, agrega Andrés, quien, seguramente, pudo hacer una comparación entre el tiempo de crecimiento de ambos, y recordar con ternura la ingenuidad que lo hizo creer que tenía un dobermann en su casa. 

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